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jueves, 29 de agosto de 2013

El calvario de una madre

Por Carla Mandiola
Daniel Zamudio fue agredido el 3 de marzo por cuatro hombres molestos por su condición de homosexual. Murió 25 días después, en la Posta Central. Su madre, Jacqueline Vera, no se movió de su lado. Estuvimos con ella la última semana en el hospital, en la velatón, en su casa en San Bernardo. Así, de a poco, ella contó la historia de su hijo y el calvario que siguió a la agresión. 

Daniel Zamudio acaba de morir. Faltan pocos minutos para las ocho de la tarde del martes 27. Sus padres se despiden dándole un beso en la mejilla.
Dos horas después, dejan el cuerpo de su hijo en la misma sala donde lo han visto estos 25 días de agonía y en cuyas paredes la madre pegó santitos esperando un milagro que no llegó. Iván Zamudio y Jacqueline Vera se meten a un auto que los lleva a su casa, en San Bernardo. Ella no deja de llorar. Tres cuadras antes de llegar, ambos se sorprenden. Las calles están iluminadas: cada una de las 20 casas de la Villa Loncomilla tiene tres velas encendidas delante de su puerta. Cuatro carabineros vigilan la entrada al pasaje, para que no entren curiosos ni desconocidos. Esta es una ceremonia íntima del barrio. Iván le toma la mano a Jacqueline y le pide que tenga fuerza por última vez.
Por la ventana del auto, ella divisa la luna, que esta noche es apenas un pedacito menguante. "La luna que le gustaba a Daniel", dice, en un susurro.
Cerca de 30 vecinos se acercan a abrazar a Jacqueline. Ella camina lento por la calle decorada con guirnaldas celestes y blancas que cuelgan de las rejas. Iván abre la puerta de su casa. Los vecinos aplauden. Jacqueline entra, abatida.
Las cosas se han sucedido rápido hoy. En la tarde, ella e Iván estaban cenando en una fuente de soda cerca de la Posta Central cuando los llamó el director del hospital, Emilio Villalón. Les pidió que fueran inmediatamente. Jacqueline supo enseguida que eran malas noticias. "Llegamos a su pieza y el Dani estaba pésimo. Nos dijeron que iba a morir en cualquier momento y que nos teníamos que despedir. Lo abracé y lo besé mucho, no quería soltarlo. Los doctores estaban asombrados, porque mi pollito no dejaba de resistir, como si no quisiera morir, como si no quisiera dejarme sola. Antes de morir, el Dani botó una lágrima".
Los vecinos de la Villa Loncomilla rezan: "Padre Nuestro que estás en el cielo…". Hay un improvisado responso en la calle. Jacqueline no se siente capaz de oírlo. Llega al sillón del living, se desploma y llora. Su calvario de madre que ve cómo su hijo se va apagando ha durado casi un mes, y ella ha sentido de todo. Esperanza e impotencia. Miedo y resignación. Y no en ese orden, sino todo mezclado.
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Daniel siempre le avisaba a su madre dónde iba a estar y a qué hora llegaría. Por eso, ella se extrañó cuando no supo nada de él ese viernes 2 de marzo. El día anterior su hijo se había ido temprano a su trabajo de vendedor en un mall chino de Providencia y le había dicho que le iba a traer algo rico para comer. A las 11.30 la había llamado desde un teléfono público para decirle que en la tarde iba a ir a la casa de una amiga y que le avisaría si llegaba o no a cenar. Nunca más dio señales. Ni Jacqueline, ni su marido, ni sus otros tres hijos -Diego (27), Ivania (20) y Rodrigo (15)- supieron de él. Hasta esa llamada en la madrugada del sábado 3.
Cuenta Jacqueline:
"Me llamó mi hija a las 3 y media de la mañana, porque me buscaba la policía. Les dije que fueran a mi casa. Uno de ellos me dijo: 'Jacqueline, la voy a llevar a la fiscalía, porque encontraron a un niño botado en la plaza, le pegaron y podría ser Daniel'. Cuando el detective me cuenta lo que pasó, pensé que lo habían asaltado, que le habían pegado, pero nunca pensé que así. Sentí una cosa en el corazón, una angustia grande. De la fiscalía llegué a la posta. Entré con un policía como a las 4 de la mañana. Una enfermera me dice que la doctora quiere hablar conmigo. '¿Cómo ha estado usted?', me dice, y me abraza. 'Bien, ¿cómo está mi hijo?'. Me pide que reconozca si es él o no. Yo entro y fue como si me lanzaran un balde de agua en la cabeza. Era impresionante ver cómo me lo dejaron, lleno de sangre. Lo habían operado de su pierna, de su cabeza, estaba conectado por todos lados. Tenía la cabeza del doble de su tamaño, como se la patearon tanto. Su cara era negra, no tenía ojos, no tenía boca, era una masa. Había tajos en su cuerpo. Yo lloraba. Le rogué a la doctora: 'Sálvele la vida, sálvele la vida'. Salí de la pieza, respiré profundo, me tranquilicé un poco. 'Está en coma tu hijo, estamos haciendo lo posible para salvarle la vida', me dijo la doctora. Me dijo que me encomendara a Dios. Yo me paré y no sabía si estaba caminando o estaba en el aire. Parece que me desmayé. Recuerdo que no podía leer claro, que no entendía las palabras. Tenía oscura la vista".
Es jueves 22 de marzo y Jacqueline recuerda todo esto sentada en una banca, afuera de la Posta Central. Dice que así fue como se enteró que su hijo Daniel Zamudio, de 24 años, fue brutalmente golpeado por cuatro hombres en el Parque San Borja. Ese jueves ella saca la cuenta de que ya lleva 19 días sentada en este mismo lugar, esperando que los médicos hablen con ella, esperando ver a su hijo una hora diaria. Ese jueves, Daniel está en coma, pero aún está vivo.
El fin de semana en que casi asesinan a su hijo, los dos tenían planeado ir a la playa. "Teníamos una plata guardada, íbamos a sacar una parte para viajar. Ibamos a arrendar una cabaña en Cartagena, que es más barato. El Dani me dijo que nos fuéramos los dos, que íbamos a ir a la feria artesanal y me compraría un vestido hindú que me gusta. Me iba a comprar un cinturón de cuero. Ibamos a ir y le pasó esto. Le tenía la toalla lavada, las chalas también. Tenía todo listo. Cómo cambian las cosas de un minuto a otro… Es doloroso, porque él tenía tantos planes que se fueron a la mierda por unos jetones… A veces piensas que te vas a volver loca, porque hay que dar explicaciones, pero el cuerpo no te da".
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Jacqueline dice que la persona más cercana en su vida era su hijo Daniel. Que veían las teleseries juntos, cenaban, compraban ropa, caminaban por la plaza de San Bernardo y se contaban sus problemas. Pocas veces discutieron.
"Un día peleamos porque él me compró un pantalón que no me gustó, porque era muy de lola. No me lo puse y nos enojamos tres días. Al cuarto día me puso un chocolate grande en la cama y flores. Me dijo: 'Mamita, perdóname, yo sé que no te vistes tan joven, pero lo compré por si te gustaba'. Un mes después me regaló un jeans y dos poleras".
"El Dani trabajó de cajero en una peluquería y aprendió mucho de belleza. Me arreglaba el pelo a mí, me hacía masajes. Era todo el Daniel. Era mi amigo, mi hijo, mi confidente. A mi hija también le cuento cosas, pero no tan profundas como a Daniel. El Dani era maduro y me sabía aconsejar, y en medio de todas las palabras me decía algo bonito y me dejaba tranquila. A mí no me dejaba andar sola en la calle, los dos nos cuidábamos. El Dani era un 7. Es como si Dios me lo hubiera entregado un tiempo para estar con él, para disfrutarlo, para ser feliz".
Jacqueline, sentada afuera de la Posta, detiene su relato. Se da cuenta de que está hablando de Daniel en pasado, y dice que tiene que hacerlo en presente, porque este jueves 22 de marzo su hijo aún está con vida, pese al paro cardíaco que días antes empeoró todo. Cuando vuelve a hablar, sin darse cuenta, Jacqueline lo hace otra vez en pasado.
"Lo que más echo de menos del Dani es cuando me despertaba en las mañanas, se tiraba encima cuando yo me estaba levantando. Sacudía su cabeza y me llenaba de gotitas, y como se echaba tantas cremas, me dejaba toda encremada. Después tomábamos desayuno. El se demoraba una hora en bañarse y arreglarse. Le tenía que servir un plato de frutas y andaba para arriba y para abajo con un frasco de té rojo, para quemar las grasas. Le gustaba cantar una canción de moda, de un gitano. Y le gustaba Placebo, la Britney Spears y Madonna".
"Desde que él era chiquitito yo sabía, intuía, que era gay. No era necesario que me lo dijera. Yo le compraba bolitas, probaba con él. No le gustaba jugar con autitos y vestía a los gatos con vestidos. En el colegio no lo molestaban, pero él se enojaba cuando lo hacían jugar a la pelota, cuando lo hacían correr. Llegaba a la casa cansado, reclamando: 'Me carga que la profesora me haga correr, ¿acaso cree que soy hombre?'. Toda la familia sabía que el Daniel era gay, lo único que faltaba era que él nos dijera".
"Un día nos invitó a una once a todos y fue con su pareja, que siempre había presentado como su amigo. Llegó el Francisco y comimos completos y tomamos bebida. Estábamos en la casa, todos sentados, tirando la talla, y el Dani dice: 'Me voy a casar'. 'Qué bueno, hijo', le dije, y le di un beso. Y le pregunté si Francisco era su pololo. El Dani tenía 20 años y me quedó mirando sorprendido. Todos nos paramos y nos dimos un abrazo. Salimos a dar una vuelta, y ellos se fueron al departamento de Francisco, que vivía en Las Condes. Ellos se conocieron en una disco. Francisco era 11 años mayor. En un momento, le propuso al Dani irse a Australia, pero él le dijo que no, porque no me quería dejar sola. Ahí se acabó la relación, duraron casi tres años".
Jacqueline se lleva la mano al cuello y muestra su collar. Allí lleva colgado el anillo de las ilusiones de su hijo y Francisco. "El es alto, rubio, de ojos claros. Tiene una buena situación económica, maneja un auto convertible. Se había comprado un departamento nuevo, porque el anterior les quedaba chico para los dos. Le quería pagar un curso de manejo al Dani, porque le quería regalar un auto".
Daniel, dice su madre, se codeaba con gente así.
"En el barrio en San Bernardo era querido el Dani, pero no tenía muchas amistades, porque le gustaba más ir a Santiago. El Dani tenía buen roce social, no le molestaban los cuicos. Se preocupaba de vestirse bien, siempre estaba impeque. Dos veces fue a Buenos Aires, porque necesitaba un exfoliante para la cara. Yo no conozco mucho a los amigos del Dani, porque son de Providencia y yo vivo en San Bernardo. Esos amigos son del mall donde trabaja. Las personas que iban a comprar terminaban siendo sus amigos".
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El momento más difícil del día para Jacqueline era llegar en la mañana a la Posta. Podía ver a su hijo según el horario oficial de visitas: desde las 12.30 a la 1, y en la tarde, de 17.30 a 18.00. Nada más. Ella llegaba a las 11 AM y esperaba sentada afuera del hospital. Trataba de no ir muy lejos, por si había que regresar rápido. De los 25 días en que Daniel estuvo allí, en varios no comió nada. Sólo tomaba líquido. Sentía que la garganta se le secaba. La primera semana en la Posta, Jacqueline se fumó dos cajetillas de cigarros diarias.
Luego del accidente de Daniel, Jacqueline dejó su trabajo de cajera en un supermercado para estar junto a su esposo el mayor tiempo posible en la Posta Central. Después de cuatro años separados, ella volvió a la casa de su ex pareja, porque los médicos les pidieron que estuvieran juntos en caso de una emergencia.
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Jueves 22 de marzo, noche.
El Parque San Borja está lleno. Unas cien personas participan en la velatón por Daniel Zamudio. Adelante van Jacqueline e Iván, acompañados por los dirigentes del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), su abogado y los familiares más cercanos. Jacqueline intenta no llorar. No puede. Sus gritos se escuchaban por todo el parque.
Está oscuro, pero ella no se saca los lentes de sol. Con las manos se tapa la cara. No quiere hablar con la prensa. Sólo repite una frase para sí misma: "Estos desgraciados me la van a pagar".
Jacqueline y su esposo van al lugar exacto donde esa madrugada del 3 de marzo encontraron moribundo a su hijo, luego de la golpiza. Bajan una pequeña loma con dificultad. La madre llora con rabia. Le cuesta estar en pie. Las fuerzas sólo le alcanzan para dejar allí una vela encendida.
"Las tres veces que he ido al Parque San Borja he visto a mi hijo que me grita y pide ayuda. Había tanta gente en la velatón, y yo pensé '¿Cómo no estaban para ayudar al Dani cuando lo necesitó?'. Estaba solo. Todo eso me inundó, yo estaba súper mal".
Luego de la velatón, en el auto que los lleva de regreso a su casa en San Bernardo, Jacqueline no habla con Iván. Va con los ojos cerrados. Logra dormir un poco, ya que hace días está con insomnio. Al llegar a su pasaje, despierta: los vecinos han puesto velas y carteles en la reja de su casa.
Esa noche, Jacqueline se quedaría conversando con su hija Ivania hasta las dos de la mañana. La madre recordaría después que mientras hablaban de Daniel, las dos sintieron que alguien les tocaba el brazo. "Yo sentí el olor de mi pollito, esa mezcla perfecta de cremas y perfume. El no me va a dejar nunca".
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"He sentido mucho apoyo, no me imaginé que iba a ser tanto. Esto les va a servir a muchas mamás que siempre se quedaron calladas, que nunca hicieron nada porque sus hijos son gay y lesbianas, porque les da vergüenza enfrentar no sé a quién, porque están en un país que discrimina. Hay mamás que se esconden, que no lo dicen o no lo aceptan. Nosotros apoyábamos al Dani como familia, y si lo miraban en la calle, no importaba, porque tenía el apoyo de nosotros. Con mi hijo yo creo que se van a abrir muchas puertas. Es fuerte para mí, pero tuvo que pasar esto para que se apruebe una ley".
El viernes 23 de marzo, Jacqueline está ansiosa. Es de esos días donde tiene ganas de cambiar con sus propias manos el destino de la situación. Fuma sin parar. "En las mañanas siento una presión por sacarle las máquinas que Daniel tiene. Quiero abrazarlo, moverlo, que cumpla las cosas que me dijo. Le digo que reaccione, que no se quede ahí dormido. Es impotencia, quiero que despierte de ese sueño profundo. Ya lo sacaron del coma inducido, pero no pasa nada. Los médicos dicen que va a morir o va a quedar vegetal. Pero el Dani no siente dolor, está con los ojos cerrados. Yo le moví el brazo y cayó como si estuviera muerto. Si le tocas la piel, es como si estuviera muerto. Tiene la piel dura. Yo le abro los ojitos y tiene como una telita, no los tiene brillosos, no tiene los ojos con vida. Yo estoy esperando un milagro, que él despierte. ¡Cómo un santo entre todos los que tengo puestos no va a hacer un milagro!".
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La noche del sábado 24, Iván Zamudio recibe una llamada de la Posta Central. Le dicen que se vayan urgente. El estado de su hijo Daniel ha empeorado. Los médicos creen que se puede morir esa misma noche.
Parten con apuro. Jacqueline piensa en cómo se han empeorado las cosas: "Hubo un momento, antes, en que el Dani no estaba tan mal en la Posta. Me miraba con sus ojitos y me sonreía, me tomaba la mano. No me la apretaba con tanta fuerza, pero me la tomaba. Le decía que iba a salir luego de ahí, que no se preocupara, que siempre iba a estar a su lado, cuidándolo. Un día me quedó mirando y le pregunté si me escuchaba. Me cerró los ojos una vez, que era la señal para decirme que 'sí'. Después del paro cardíaco, dejó de mirarme, cerró los ojos".
Al llegar a la Posta, la familia los espera en el segundo piso. Son 38 familiares. Jacqueline se sienta en un sillón. Toma un jugo, recibe abrazos. Uno de los médicos le informa que el daño es inminente, que el chico puede morir dentro de dos a 48 horas más.
Jacqueline se queda despierta toda la noche. Trata de estar todo el tiempo en la pieza de su hijo. Regresa a su casa el domingo 25, a las 9 de la mañana. Duerme apenas dos horas. Poco después, se va nuevamente al hospital. No sabe por qué, pero se siente optimista.
"Si el Dani se despierta y no puede hablar, yo sé que voy a estar con él, lo voy a tirar para arriba. No me importa si él vuelve como una guagua, porque yo le voy a enseñar a leer, a hablar, a caminar. Será como tener otro hijo, pero yo sé que lo voy a sacar de esto".
"Yo siempre lo mimaba, lo abrazaba. Era como un gatito. Siempre a mi lado. Pero yo no soy egoísta, si Dios me lo mandó por un tiempo, y ahora se lo lleva, bien, se lo agradezco. Un día mi hija me abrazó y me dijo que siempre la iba a tener a ella, y lo que fue el Dani, ella lo iba a ser. Le dije que a todos mis hijos los amo, pero me va a faltar uno. Un pollito, como le digo yo. El más amarillo". 
 
 
 
 
 
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