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domingo, 16 de marzo de 2014

Se marchó Adilia Castillo pero queda su canto y su legado

Ella se sentía sembrada en el alma de las venezolanas y de los venezolanos como una de las máximas exponentes del canto folclórico criollo. De niña bebía sangre caliente de novillo. En El Yagual jineteaba, coleaba y se le metió el joropo en sus entrañas.
 La voz y el canto de Adilia Castillo se apagaron para siempre el pasado 7 de marzo. La noticia del fallecimiento de una de las grandes exponentes del canto criollo llegó de forma inesperada y dolorosa, en circunstancias en que la mayoría de los venezolanos conmemoraba el primer año del deceso del presidente Hugo Rafael Chávez Frías, mientras que por otro lado una minoría llenaba de violencia las calles del este de Caracas y de algunas ciudades del interior. Su entierro se produjo en forma discreta, sin mucha difusión; quizá la “guarimba” haya impedido que el pueblo que la siguió durante más de 50 años de vida artística le expresara sus sentimientos de admiración y cariño.
Adilia Castillo había nacido el 26 de agosto de 1933, en El Yagual, una pintoresca aldea a la orilla del río Arauca, estado Apure, perteneciente al municipio Achaguas. El Yagual es igualmente cuna de Eneas Perdomo, otro de los excelsos copleros del canto llanero.
De Adilia Castillo se ha dicho que ocupa un lugar de privilegio dentro de la música llanera junto a Magdalena Sánchez, a quien mencionaba como una de sus ídolos de sus años mozos.
Esta mujer, a quien José Romero Bello, otro reconocido músico apureño, bautizó como “La novia del llano”, fue una artista integral como cantante, actriz, compositora y locutora.
En una entrevista se definió como “carnívora” y siempre confesó su admiración por el personaje de Doña Bárbara, de la novela de Rómulo Gallegos del mismo nombre; ella fue la primera fémina en representar a la doña en la televisión. De hecho en lo que se afirma que es la tumba de Pancha Vásquez, ubicada en el hato La Trinidad de Arauca, Adilia Castillo colocó una placa como recuerdo de que una vez la encarnó en la televisión. Pancha Vásquez, según las versiones que circulan en el Alto Apure, y en ciertas alusiones literarias, sirvió de referencias a Rómulo Gallegos para caracterizar al personaje de su famosa novela.
La artista ocupaba un puesto preferencial entre los cantantes llaneros a quienes el comandante Hugo Rafael Chávez Frías confesó su admiración. Junto a ella, figuraron Eneas Perdomo, Cristóbal Jiménez, Luis Lozada “El Cubiro”, Reina Lucero, Cristina Maica. En innumerables oportunidades y actos públicos se le vio junto al Presidente con su inconfundible estampa: su sombrero, su vestimenta llanera y su garrote tocuyano bordado en la empuñadura con los colores de la bandera nacional.
En el apartamento en Caracas donde residía, cerca del mercado de Quinta Crespo, mantenía colgada en el balcón una bandera nacional como una muestra de su apego patrio. Además, el pabellón facilitaba su ubicación.
Como compositora se le atribuyen más de 80 composiciones. Entres su éxitos más sonados figuran “Golpe Tocuyano”; “Española”, de Eladio Tarife; “Valencia” y “Desilusión”, de Juan Vicente Torrealba; “Palma sola” de José Romero Bello; “Seis numerao”, de José Cupertino Ríos; “Ansiedad” y “Cuando no sé de ti”, de J. E.Sarabia ;”Pipiriguá”, de Pedro Sárraga.
Además de su privilegiada voz, Adilia descollaba por su gracia, porte, y talento que desbordaba sobre el escenario. Su figura y carisma copó el escenario criollo desde la década de los años 50 del siglo pasado.
Su interpretación del golpe tocuyano (Adiós porque ya me voy, quizá no vuelva mañana), en una de las películas mexicana que filmó, figura entre las irrepetibles del escenario musical criollo.
En “Palma sola”, la pieza de José Romero Bello, menciona una de esas frases de antología entre dos amores que se buscan:
“Como quieres que te quiera, si tu boca no me nombra”.
En vida recibió múltiples premios y reconocimientos. Durante estos años de Revolución Bolivariana se le hizo un homenaje en el teatro Municipal y en la Casa del Artista por su más de medio siglo de trayectoria artística y como una de las grandes de la música criolla de todos los tiempos.
BEBER SANGRE CALIENTE
En el libro “Apure en cuerpo y alma”, editado por la gobernación del estado Apure en el año 2010 durante la gestión de Jesús Aguilarte Gámez, confesó que le pedía a Dios que le concediera tiempo y salud para escribir sus memorias y contarle a los jóvenes las tempestades que hay que enfrentar para llegar a ser lo que se sueña.
En esa entrevista recuerda que su madre, cuando sacrificaban una res en el fundo de su propiedad, en El Yagual, agarraba un vaso, lo llenaba de sangre todavía caliente del animal y le ordenaba “bébaselo”. Y como parte del “ejercicio” para templar el carácter de la niña, la ponía a correr por la sabana, junto con las otras muchachas que se criaban en la casa.
Doña Isabel Castillo, su madre, una princesa yarura nacida en Cunaviche, era una mujer voluntariosa y de fuerte personalidad, según conto Adilia. Poseía botiquín, bodega, elaboraba pan, jabón amarillo, curtía cueros, compraba y mataba ganado, era dueña de gallos de pelea, y de cuatro bongos de seis bogas, en los cuales llevaba hacia San Fernando queso de mano, queso de cincho, graso, cueros, manteca de cochino.
En ese ambiente campestre de El Yagual fue moldeando esa personalidad y ese estilo singular que le permitieron descollar entre los artistas de su generación.
En el salón de estar de su apartamento, un cuadro colgado en la pared muestra a una Adilia Castillo joven y bella, de mirada desafiante, portando sombrero, y llevando liquiliqui blanquísimo. Sus manos agarran una especie de bastón de mando. Otro cuadro contiene a una muchacha de cabellera suelta corriendo libremente por la sabana con un cuatro en la mano.
De su madre, fallecida en 1988, recuerda que la marcó. Incluso, se parecían físicamente.
“Yo fui hija única hasta la edad de 10 u 11 años. Mi mamá era también mi padre. Ella marcó mi vida a tal punto que llegué a interpretar Doña Bárbara y no tuve más que inspirarme en ella. Mi mamá era una mujer que me decía agarra esa piedra de amolar , o la chícura, la pala, muévela de allí a aquí. Yo chiquitica agarraba esa piedra y la traía. Ya mamá, ah, ja, vuélvala a poner de aquí para allá. Ese era el ejercicio. Ella me enseñó a enlazar, me arreglaba la soga, y ordenaba, enlace el botalón. Decía vamos a cortar leña, y nos íbamos con tres burros. Y cuando mataban un maute nos daba un vaso de sangre caliente, por eso es que yo te puedo decir que, gracias a Dios y a la Virgen, soy una mujer que no se lo que es un dolor de cabeza hoy día”, afirmó en la entrevista.
En el pueblo, doña Isabel montaba las grandes fiestas en honor a San Pedro y San Pablo. Venían artistas de Periquera (hoy Guasdualito), de San Rafael de Atamaica, de Achaguas. Llegaban contrapunteadores de todas partes. Terminaba un arpista y empezaba otro. Los bailes duraban hasta 15 días. Había abundante carne asada. Adilia era una niña de seis o siete años que veía aquel desfile de cantantes, no sólo en los días de San Pedro y San Pablo, sino en el de San Juan, en las fiestas de San José, el patrono de el Yagual, o en velorios de cruz, de santos.
La única radio que se escuchaba en El Yagual se reproducía colectivamente a todo volumen a través de un altoparlante. Allí escuchaba a Rafael Guinand y a Magdalena Sánchez en el Galerón Premiado. Un día Adilia Castillo le dijo a su madre:
“Mamá, algún día yo seré como esa señora (Magdalena Sánchez)”.
TORERA
Por aquellos años, un sí cambió el rumbo de la vida y el destino de los Castillo: su mamá se enamoró de un militar barquisimetano de la Guardia Nacional. La madre vendió sus propiedades, buscaron a la niña Adilia que estudiaba en San Fernando de Apure, y partieron rumbo a Barquisimeto.
En la capital larense asistía a un programa infantil que todos los domingos transmitía Radio Barquisimeto. Lo conducía “Poncherita” Ramírez . Ahí se inició como cantante, y después, ella una niña, en 1947-1948, llegó a tener su propio espacio, incluso con clientes patrocinantes: Cola Astor, Galletera Avila, La Casa de las Maderas, Chimó Juan Bimba, areperas. Allí conoció a artistas profesionales de destacada trayectoria como Pilar Torrealba, cantante de boleros, Bertica Medina a quien decían la “cieguita de oro”, a Carmen Mercedes Oviedo, los hermanos Gómez, Carmen Luisa Avila, la alondra carabobeña.
Un día la familia se vino para Caracas y Adilia, que era una estrella en Barquisimeto, sintió que se le acababa el mundo. Chilló y zapateó. Para entonces, Rafael Caldera, se lanza por primera vez como candidato a la presidencia.
En Caracas era una desconocida, así que comenzó a rondar los programas radiales. Recuerda que uno de sus ídolos era Benito Quiroz, quien cantaba en las mañanas en un espacio, y cree que de esa admiración viene ese grito suyo de aaaay, en la canción Rosalinda. Después trabajó junto a Quiroz. En ese mismo programa estaba César del Avila. Ahí comenzó en la capital, pero tuvo muchos contratiempos para obtener el carnet del sindicato de artistas.
En cierta ocasión fue a ver una corrida de toros, y se le alborotó la infancia en El Yagual, entre bestias y reses; así que se propuso ser torera. Entrenaba Maracay con Pedro Pineda, maestro de la dinastía Girón. Como novillera actuó en Caracas, Maracay, La Victoria, y otros pueblos.
La pasión taurina la había apartado de la música hasta que un día entrenando en el Nuevo Circo, como a las seis de la tarde, escuchó un sonido en las torres. Se fue por las gradas, empujo el portón y vio una persona tocando el piano. Preguntó que era aquello y le responden que es un night club pronto a fundarse. Refiere que ella es artista y que canta. El maestro Guamán, así se llamaba el del piano, le dice “canta para ver si es verdad”. Cantó una canción con tumbaito español que satisfizo a Guamán. Le dicen: muchacha tu sí cantas bonito, estás contratada, ven a trabajar. “Me prestaron ropa. Ahí empecé en la vida artística. Después, me contrataron para cantar en el hotel Tamanaco. Me ofrecen dos conjuntos: el de Vicente Flores y sus llaneros que acompañaban a Magdalena Sánchez, y el de José Romero Bello con arpa, cuatro, maracas, y bajo. Yo le dije yo me quedo con ése. Ahí empezó Adilia Castillo”.
José Romero Bello la bautizó como La Novia del llano, distinción que la ha acompañó toda su vida.
Con Comercial Serfati, grabó su primer disco, un 78 rpm, con dos composiciones de José Romero Bello: Flor de Apure y Puerto Páez. Le pagaron 100 bolívares. Señala que tiene ciento y pico de composiciones y alrededor de 68 LPs grabados.
Con una carpeta llena de recortes de prensa, de fotografías, de papeles amarillentos, muestra los momentos estelares de su larga carrera artística, entre ellos su paso por el cine mexicano.
Las fotografías corroboran esa imagen de diva y de hembra hermosa que sacudió unos cuantos corazones masculinos en las décadas de los 50,60, y 70 del siglo pasado.
Sentada en el mueble, con el sombrero puesto, juega graciosamente con el garrote escobillao, un palo delgado de madera asociado a Lara y al golpe tocuyano. Muestra una fotografía de llanerita trajeada con falda ancha y multicolor, sombrero negro, cola de caballo, alpargatas de suela, y una maraca incrustada en cada una de las alpargatas.
“Hice nueve películas en México, cuatro producciones en Cuba, y una en Nueva York. En México actuó junto a Javier Solis, Clavillazo, Miguel Aceves Mejías, Tony Aguilar, Tere Velásquez, Lorena Velásquez, Mary Cruz Olivier, Fernando Casanova. Viví 7 años en México. De allá salía para hacer mis giras a Nueva York. Cuando fui a debutar en Nueva York, estaba nerviosa, pero al sentir el aplauso del público, dije ya esto es mio. Canté Ansiedad, que era lo que estaba pegado. A Nueva York fui como cinco veces. Yo el golpe tocuyano lo he llevado por todo el mundo”, afirmó.
EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO
“Cada día es un debut en mi vida; es como si estuviera empezando . Yo seguiré usando en mis presentaciones mi traje tipo Doña Bárbara, con liquiliqui, traje ancho, así me digan la burriquita. Yo digo que admiré mucho a Pérez Jiménez por esa Semana de la Patria en que todo el mundo se ponía un liquiliqui con orgullo y una falda llanera, y la música venezolana tomó un auge cuando aparecieron grandes artistas como Angel Custodio Loyola, Juan Vicente Torrealba, Mario Suárez, Rafael Montaño, Pilar Torrealba, Héctor Cabrera, Magdalena Sánchez, las hermanas Chacín, Lila Morillo. Luego cayó el gobierno y la música venezolana se vino al suelo”.
“Yo me siento sembrada en el corazón de la gente que me saluda con cariño, y le dice a sus hijos y nietos, mira esa es Adilia Castillo. Para mi es algo muy grande que el pueblo me haya nombrado Gloria Nacional de Venezuela. En El Yagual van a construir un bulevar que va a llevar mi nombre. En San Fernando de Apure, en la plaza de la Mujer, tengo una estatua, y en Elorza una calle lleva mi nombre. Ojalá. Dios me permita llevar árboles frutales y poner bancos en esa calle que es muy bonita”.
(Testimonio del libro “Apure en cuerpo y alma”).




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